Novela crepuscular del narco
Aug 10
El escritor tamaulipeco Paul Medrano replantea el tema del narcotráfico en la literatura. En su primera obra de largo aliento, Dos caminos, no hay cabida para ciertas concesiones del género y, por el contrario, establece una prospectiva ficcional del fenómeno social que violenta la realidad del país.
Por Enrique Montañez
La novela del narco es una literatura de emergencia, que surge como respuesta o especulum literario de la problemática de nuestro país respecto de la producción, consumo y trasiego de droga. El género épico moderno propio de los estados fallidos, del que México es epítome, se ha consolidado entre el gusto comercial de las editoriales, pero va siendo tiempo de analizar qué tanto sigue sorprendiendo o si todavía hay lectores potenciales dispuestos a consumirlo.
Dos caminos (Ediciones de Punto de Partida-UNAM, 2010), de Paul Medrano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1977), aún alcanza un resquicio de interés entre el maremágnum de las ofertas novelescas del narco por el planteamiento temático del asunto. De formación periodística en uno de los frentes más rojos de la lucha, no contra, sino de los cárteles, es decir, Guerrero, Medrano conoce de primera mano el tema del narcotráfico y lo expone con las ventajas que esto representa.
Pero lo sobresaliente radica en que Dos caminos se postula como una novela crepuscular del narco. Es una historia que se circunscribe, de alguna manera, en un periodo de desgaste o cuasi terminal del narcotráfico como actividad ilegal, en el que las organizaciones no gubernamentales dedicadas a esto y sus líderes deben mutar a otro estadio, uno de mayor poder y autonomía. De lo contrario, la extinción los alcanzará y se abrirá cauce para que los tecnócratas asuman de una vez por todas, sin doble moral y actitud política, el negocio de la droga, sin necesidad de gavillas que hagan el trabajo sucio por ellos.
Dos caminos también se oferta como una Bildungsroman, es decir, una novela de rendimiento social: un capo ya en la senectud pretende retirarse del negocio y comenzar una vida tranquila en un pueblo donde nadie lo reconozca. La reinserción del “viejo” en la sociedad, la reconciliación con la ‘civilización’, después de peripecias criminales y una lenta maduración, problematizan y enriquecen el panorama de la novela. Pero como la jubilación no está presupuestada en el microcosmos de los cárteles, la regla de oro es salir de ahí sólo de la mano de la muerte, el “viejo”, el personaje más importante, provoca un resquebrajamiento en el orden establecido del mundo criminal de la droga.
La voluntad adánica del “viejo” de retornar al paraíso de inocencia, de buscar la paz, de disuadir al destino inexorable lleva consigo una carga de tragedia en sí, subtrama de la claudicación que al final se sobrepone, incluso, a los elementos de lo narcofinisecular que perviven en Dos caminos; se habla de la “última gran batalla” que se cifrará entre los dos cárteles que imperan en el territorio nacional. Armagedón entre los “Equis” y la gente del “Chacho”, que anunciará el advenimiento de la fase avanzada del capitalismo: el “narcocapitalismo”, producto del “narcogolpe de Estado”.
Los registros narrativos en la primera novela de Paul Medrano no son ornamentales, funcionan como estructuras parentéticas; desdoblamiento discursivo que intenta acotar todas las implicaciones de la trama. El segundo registro, aparte del narrador principal, es el del periodista Gonzalo Pérez, quien nos ofrece los datos duros del narcotráfico: número de víctimas, de qué manera se descompone el tejido social, relaciones entre poder y narco; establece una conexión con esa primera realidad, la que nos cuenta el narrador omnisciente, de la que la novela es su sublimación. El tercer registro le otorga sustento reflexivo al acto del asesinato, los secuestros, el crimen, la ambición; en una palabra, de la maldad connatural humana.
Sin embargo, en este empeño de agotar todo recurso narrativo posible, el autor comete excesos, como valerse del lenguaje cinematográfico para presentar algunas ‘escenas’. Otro pecado manierista es la irrupción de la metaficción en ciertas partes de la novela. Despropósitos que sólo consiguen que se rompa la seriedad narrativa, que el flujo del drama se vea interrumpido sin una razón verdaderamente de peso literario dentro de la lógica interna que expende. Aspectos cuyo riesgo es concitar a que el lector, en algún momento, rompa con el pacto entre autor-ficción-lector.
Paul Medrano, no obstante, se revela como un escritor disciplinado, intenso y kinético en su prosa, de descripciones e imágenes precisas que, por momentos, hace que lo pensemos comulgante con el imagismo. Medrano no se muestra dubitativo en el ejercicio de contar, sabe adónde quiere llegar y se compromete con su historia al máximo. Búsqueda del rigor narrativo que mueve al deseo de que Paul se aventure en otros temas, en los milenarios, en los ya contados desde los mitos anatólicos; esos que, a fin de cuentas, sustentan a la gran literatura.
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This entry was posted on Tuesday, August 10th, 2010 at 8:24 pm and is filed under Literatura. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.





